CLASIFICADOS

CARTA DE LECTORES

EnvŪenos un mail para publicar en Revista Magnum!

Enviar e-mail

NŕMEROS ANTERIORES

SolicŪtenos los nķmeros atrasados que desea adquirir.

Hacer pedido

CD

AŮos 1 y 2

Hacer pedido

B√ļFALOS EN EL VALLE DE LUANGWA

Esta historia, ocurrida hace muchos a√Īos, siempre la quise escribir, pero por un motivo u otro nunca me decid√≠. Finalmente tom√© la decisi√≥n y ahora la pongo a consideraci√≥n de todos los lectores. Durante muchos a√Īos trabaj√© como gu√≠a de safaris fotogr√°ficos en el Parque Nacional Luambe, en el Valle de Luangwa, una tierra de belleza virgen y abundante vida silvestre. En 2006, John McLaurin y Patrick Henry me contactaron para ver la posibilidad de cazar b√ļfalos, una instancia que no hab√≠a imaginado antes y que ante este pedio se presentaba el hecho de poder acompa√Īar en la caza de uno de los animales m√°s peligrosos y formidables de Africa. Despu√©s de varias conversaciones con un profesional local, propietario de una concesi√≥n y amigo de aquella √©poca en el Valle, finalmente organic√© el safari. Era agosto, una t√≠pica ma√Īana lluviosa de invierno. Cuando estaba abordando el avi√≥n hacia Johannesburgo, me emocion√≥ la idea de que dentro de unas pocas horas estar√≠a en uno de los mejores secretos guardados de Africa: el Valle de Luangwa. Me encontr√© en el aeropuerto Oliver Tambo con John y Patrick. Tomamos un vuelo a Lusaka, la capital de Zambia y de ah√≠ otro a Mfuwe, el √ļnico aeropuerto en el Valle de Luangwa. Al llegar, alrededor de las 4 de la tarde, era una tarde h√ļmeda con una temperatura de 32¬ļC. Vimos por primera vez el m√≠stico r√≠o Luangwa, avanzando a trav√©s de los verdes bosques africanos. La brisa llevaba un olor exuberante, todav√≠a familar, que se hab√≠a grabado en mi memoria a√Īos atr√°s. En el aeropuerto nos esperaban el gu√≠a local, el cazador profesional y tres miembros del campamento. Despu√©s de una hora y media de viajar en una landcruiser llegamos al campamento, muy bien equipado, en la ribera oriental del r√≠o Luangwa. Estaba rodeado por una especie de catedral creado por lo arcos del Mopane, un √©bano africano, caoba natal y gigantescos higos. Durante la primera noche, los sonidos de los tres tenores de Africa, inundaron el campamento: el‚ÄĚstaccato‚ÄĚ huh-huh de los hipop√≥tamos al salir del agua, la risa de la hiena moteada y el rugido de los leones, Qu√© tr√≠o. Nuestra primera salida matutina trajo algunas sorpresas. A solo tres minutos del campamento, tuvimos que reducir la velocidad de la camioneta, por un grupo de elefantes hembras con sus crias, que se estaban alimentando a lo largo de la carretera. La visi√≥n de los paquidermos no es tan buena como su olfato. Continuando nuestro camino, pronto vimos a dos b√ļfalos machos viejos, conocidos localmente como ‚Äúni√Īos dagga‚ÄĚ a unos 150 metros. Como nuestro objetivo eran los b√ļfalos nos detuvimos a mirarlos por un tiempo. Como esta era nuestra primera ma√Īana y aun nos quedaban unos d√≠as para ver que ofrec√≠a la zona, seguimos adelante. Unos 15 minutos despu√©s vimos un leopardo caminando por una zona abierta. Ver a este animal, temprano, en este hermoso bosque, debe ser uno de los grandes placeres de la vida. Poco despu√©s del leopardo, vimos una manada de unos 150 b√ļfalos cruzando la llanura a unos 400 metros. Fue una situaci√≥n bastante impresionante y aument√≥ m√°s cuando nos acercamos a pie. El viento nos favorec√≠a y llegamos a unos 70 metros de distancia. Estaban cosntantemente venteando, pero permanec√≠an ajenos a nuestra presencia. Nos tomamos nuestro tiempo para analizar cu√°l ser√≠a un buen trofeo. Pero el problema con una manada es que cuando se elije un animal, r√°pidamente puede perderse de vista dentro del conjunto, despu√©s de una hora decidimos dejarlos y continuar r√≠o abajo. John estaba muy interesado en cazar un puku ya que era uno de los pocos que nunca hab√≠a cazado (es un ant√≠lope muy parecido al Impala) no muy com√ļn en los pa√≠ses del sur de Africa, pero que abundan en el Valle de Luangwa. Son animales un poco perezosos, que se escapan rapidamente. Media hora m√°s tarde, vimos un buen ejemplar. Con su fusil calibre 7x64 mm coloc√≥ el disparo en el lugar indicado. Ya eran las 11 de la ma√Īana y debido al calor, es la hora l√≠mite para la excursi√≥n matutina, as√≠ que regresamos al campamento. Despu√©s de un buen almuerzo y una siesta reparadora a las 3.30 volvimos con la camioneta a la zona adonde hab√≠amos visto la manada de b√ļfalos. Divisamos a dos machos viejos con impresionante cornamenta, que nos miraban desde la sombra de un gran √°rbol. Al observarlos con los binoculares, pens√©: estos dos no llegaron a viejos por que s√≠. Decidimos avanzar sobre uno de ellos, por pedido de Patrick. Nos fuimos con √©l llevando un rifle .458 Win. Mag. con punta de 500 GN, y como arma de respaldo un doble .470 Nitro Express. Obviamente los dos ‚Äúviejitos‚ÄĚ apenas sosprecharon algo desaparecieron en la penumbra del atardecer. En la segunda ma√Īana vimos una manada de unos 300 b√ļfalos; despu√©s de acecharlos por unas tres horas e intentar un disparo exitoso cuatro veces, no obtuvimos resultado. En el quinto intento, conseguimos una buena posici√≥n de disparo. Un viejo macho con muy buena cornamenta estaba de costado a unos 70 metros, mir√°ndonos mientras masticaba hierba fresca. Patrick estaba listo, apret√≥ el gatillo y al sonar el disparo, el b√ļfalo sali√≥ corriendo con el resto de la manada. Sab√≠amos que el disparo hab√≠a sido bueno, y seguimos al animal, preparados para cualquier cosa que pudiera surgir. Seguir a una bestia como esta, herida, es una situaci√≥n con mucha adrenalina. Lo encontramos unos 100 metros adelante, acostado, pero no estaba muerto. El disparo hab√≠a dado en el blanco, pero el b√ļfalo demostraba porque era uno de los animales m√°s duros de Africa. Finalmente para terminar con la agon√≠a, le disparamos un tiro al coraz√≥n. La tarde siguiente, un poco m√°s lejos del r√≠o, experimentamos otro momento culminante de nuestro safari. Mientras acech√°bamos a una manada de aproximadamente 250 b√ļfalos, nos enfrentamos con una situaci√≥n √ļnica en la vida. Camin√°bamos lentamente hacia la manada a trav√©s del bosque de Mopanes. Como era finales de agosto, el suelo del bosque estaba cubierto con hojas secas y el sonido que acompa√Īaba cada paso, nos demoraba considerablemente. Una extra√Īa y misteriosa quietud cubr√≠a el bosque que nos rodeaba y pod√≠amos sentir que algo andaba mal. Aunque hab√≠a una brisa suave, por suerte estaba a nuestro favor. Aun as√≠ los b√ļfalos estaban muy inquietos y alertas, estaban constantemente mirando a nuestra derecha.

google analitycs